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A su
alrededor, en el mundo, hay una guerra, entre los güelfos
y los gibelinos.
Rimini está
en manos de los güelfos, el partido de los Papas, guiado por los Malatesta.
En Urbino
están los Montefeltro, que luchan contra los gibelinos en nombre del emperador.
San Marino
está en medio de ellos. A pesar de ser un municipio, se alía con Montefeltro,
para liberarse del obispo.
Lo
conseguirá después de un siglo, cuando los Papas se trasladen a Avignon. Primero
le quitan al obispo la residencia dentro de la muralla, después se le
desautoriza como juez, y finalmente se contesta cualquier tipo de tributo.
Un obispo,
exasperado, intenta vender en bloque, a San Marino y a los Sanmarinenses. Otro
recurre a la conjura.
Se lucha
sin tregua ni reglas, con sentencias y con armas.
Al fin, en
1351, el obispo Peruzzi, vencido por los gibelinos, pierde hasta San Leo, su
sede. No sabe ya a donde dirigirse. Los Sanmarinenses le abren las puertas; sin
embargo tiene que firmar un acto que los libra de los vínculos feudales.
Los
cardenales, Albornoz, Anglico, intentan recobrar un poco de orden por cuenta del
Papa. A San Marino lo dejan de lado: pequeña pedanía en un complicado juego de
equilibrios entre los señores que cuentan : los Montefeltro
y los Malatesta.
Castillo
tras
castillo, los Montefeltro descienden por los valles, con sus banderas. Los
Malatesta las vuelven la conquistar.
Adelante y
atrás, casi por espacio de dos siglos.
Hasta
Florencia, hasta Venecia, alargan a veces la zarpa.
San Leo,
Maiolo, Talamello, cambian una y otra vez de amo. Igual le ocurre a Verucchio,
Montefiore…
A San
Marino no.
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